Se podría escribir algo así: “tantas islas hay como islas es posible contar”. Y esta sería, quizá, una de esas frases que resultan rigurosas, por partida doble. Porque tantas islas hay como islas es posible enumerar, y tantas islas hay como es posible narrar. Pero entonces sucede algo inquietante, pues las islas tienden, en términos cuantitativos, hacia lo imposible, y en lo que a relatos se refiere, a lo infinito. Es decir, cabe afirmar también, en sentido contrario, que “tantas islas hay como resulta imposible contar”. Otra frase rigurosa.
En términos materiales, palpables y geográficos, las islas resultan diversas y hasta incalculables. Por un lado porque surgen y desaparecen, se localizan y se pierden, emergen y se hunden; el tiempo, al fin y al cabo, modifica su número. Más fascinante aún es sin embargo que las islas no se pueda contar porque no sea factible definir con certeza cuando una parcela de tierra, rodeada de agua, ha llegado a ser o ha dejado de pertenecer a tal categoría: ¿Qué tamaño debe tener para poder serlo, para recibir tal nombre? ¿Cuándo su dimensión hace que, por exceso, no pueda acoplarse con dicha idea? ¿Son islas los países como Gran Bretaña y Japón? ¿Son islas lugares como Australia o incluso los grandes continentes como África o América, rodeados, al fin y al cabo, también de agua? ¿Hizo el Canal de Panamá que América del Sur emergiera como isla cuando por primera vez pasaron por él las aguas? Y por el lado de lo minúsculo más opciones: ¿Son islas las pequeñas piedras que emergen del agua cuando bajan las mareas y nos sirven para que jueguen nuestras muñecas o atraquen nuestros barquitos? ¿Son las puntas de roca volcánica que asoman levemente de los mares (y sus doce millas náuticas de recursos naturales) islas diminutas? Las islas, por tanto, no se pueden contar como realidades materiales; al igual que en una paradoja de Zenón de Elea resultan, tanto por lo grande como por lo pequeño, por lo estático como por lo dinámico, infinitas.
Y en lo que a los cuentos, los relatos, las historias, los chismes, las narraciones, los tratados o los recuerdos se refiere, la cosa, si cabe, se complica aún más. Cada persona (pero también cada país) tiene sus propias islas. Cada escritora las inventa, las traduce o las genera cada vez que las redacta. Cada recuerdo las rehace, una y otra vez, llegando a ser, a cada instante, otra cosa. La isla cambia según sean las abuelas o las nietas quienes las recuerdan, si es un especulador inmobiliario o una gran poeta quien la observa, un conquistador o un pobre diablo quien se acerca. Las islas son diferentes con cada voz, con cada acento, con cada esperanza, con cada armisticio y con cada pacto, con cada anhelo y con cada sueño.
Una isla es entonces una inmensidad, algo inabarcable, algo que aunque se encuentra acotado por esencia, revienta sus fronteras a cada instante y señala que cuando algo se recorta, no por ello se aprisiona o se limita sino que incluso se multiplica y se expande. La isla es siempre muchas posibilidades, muchas opciones, muchas pérdidas y muchos logros. De ahí que quienes aman a su isla, trabajan y trabajan por otra isla diferente, aquella a la que aspiran, aquella que está siempre allá en el horizonte.
La exposición que este año ha preparado Tenique Cultural con motivo de la Muestra de Cine de Lanzarote vuelve a expandirse por el espacio público de Arrecife para compartir estas y otras reflexiones. La idea es intentar movilizar un pensamiento y una emoción que sea capaces de llegar a gran parte de la ciudadanía de la capital y de la isla.
En esta ocasión la propuesta consiste en un quiosco inaccesible que se sitúa en la plaza del Almacén como memoria de otros tiempos, y en una publicación que se disemina por diferentes lugares como escuelas, tiendas, bibliotecas o viviendas. En ella han participado cuatro escritoras y cuatro escritores que tienen una conexión importante con Lanzarote y a quienes se les ha entregado la silueta de un mapa de la isla de siglos pasados. Se trata de antiguas representaciones (o retratos) de un lugar que es sin duda, como queda claro en las distintas imágenes, un sitio lejano al que hoy reconocemos. Cada autora y cada autor ha ampliado aún más la extrañeza de esa isla a través de una narración que más que anclarse en el territorio ha volado en busca de algo propio.
Se trata de una publicación y de un punto de encuentro (el quiosco) para recordar tantas veces como se pueda, que este lugar en el que habitamos no es algo cerrado o perfilado, tampoco una imagen o algo cierto, sino que es multiplicidad, diversidad, opciones, delirios, esperanzas. O lo que es lo mismo, para insistir en que Lanzarote es todo aquello que se quiera, todo aquello que se pueda, y un poquito más.