Quince años. Ya está. Son dos palabras. Una y dos.
Quince ediciones. Otra manera de decirlo. O de escribirlo. Una vez más, dos palabras: una y dos.
Resulta sencillo. Se puede hacer en el ordenador, viendo aparecer las letras negras sobre la pantalla blanca, a mano sobre un papel, o en un catálogo de tinta azul sobre fondo blanco, como este. Se pueden decir en voz alta, una y dos, o se pueden pensar en silencio, sin que nadie las oiga. En todos los casos serán siempre dos palabras.
Pero se exprese de un modo u otro, con el sustantivo plural años o con el sustantivo plural ediciones, en voz alta o en bajito, las palabras condensarán, de un modo casi absurdo, todo lo sucedido en ese lapso. Como en un Aleph de tiempo: en dos palabras, quince años.
En la vida de las personas —de las personas, sí, ni más ni menos— que han sacado adelante estas ediciones, los quince años son mucho más que dos palabras. Una y dos. Son, de hecho, tiempo dedicado; un tiempo abrumador. Cuánta vida entregada, cuántos minutos de cariño no compartido con las personas queridas: madres, amigos, hijas, hermanas. Cuántos fines de semana de concentración viendo películas, gestionando reuniones, solicitando derechos, revisando subtítulos, enviando mensajes, articulando textos o simplemente haciendo cuentas, y cuentas, y más y más cuentas. Quinientos euros más por aquí, mil menos por allá… Cuánto tiempo, por supuesto, buscando financiación o rellenando documentos e informes para conseguirla. Muchas personas, conscientes de que su tiempo es siempre corto, siempre finito, entregadas a un proyecto que poco a poco crece, se asienta, conecta, abre mundos, fomenta amistades y mejora —esperan quienes tanto esfuerzo le dedican— la vida de la gente con la que comparten un espacio. En este caso, una isla.
Dos palabras. Mucha vida. Mucha convicción. Mucha entrega.
No es sencillo que un proyecto cultural independiente, organizado por una asociación cultural sin ánimo de lucro, ubicado en un lugar tan “remoto”, consiga perdurar en el tiempo y, menos aún, logre, además de resistir, crecer, asentarse, expandirse. Cada año un poco más.
A lo largo de estas quince ediciones, la Muestra de Cine de Lanzarote y la asociación sin ánimo de lucro que se encarga de ponerla en marcha cada año, Tenique Cultural, han crecido hasta convertir algunas de sus propuestas y actividades en referentes relevantes en el contexto cultural canario, e incluso en el nacional e internacional. Nada sencillo de alcanzar desde una isla pequeña sumida en esa condición curiosa de “doble insularidad”, esa doble lejanía.
Un esfuerzo importante que ha valido la pena hoy, después de quince años, cuando al mirar hacia atrás se recuerdan los momentos buenos. Y se olvidan, claro está, los malos. Cuando se rememoran las risas, las proyecciones en las que tantas cosas se aprendieron, las nuevas ideas que surgieron, las amistades que llegaron y los debates que nos ayudaron a crecer y conectarnos con otras personas antes desconocidas. Un esfuerzo que adquiere reconocimiento también cuando se toma conciencia del modo en que el proyecto ha colaborado con otras organizaciones, instituciones y eventos culturales, hasta convertirlos en parte de su razón de ser. Un esfuerzo que cobra todo su sentido cuando se sabe que se ha avanzado, aunque solo sea un milímetro, para que el lugar que habitamos se entienda un poco mejor y se respete un poco más.
La decimoquinta Muestra de Cine de Lanzarote, que ahora comienza, vuelve a elegir un tema importante como eje central de su desarrollo. Un tema que está profundamente enraizado en la historia cultural y humana de esta isla. Al igual que en ediciones anteriores, cuando se trabajó en torno al volcán, la sal, la pesca, las crisis, la emigración o el viento, para esta decimoquinta edición se ha escogido un asunto que ha marcado la existencia y, sin duda alguna también el sufrimiento, de miles y miles de conejeros y conejeras a lo largo de los siglos: el agua. Este elemento fascinante, cantado por poetas de todos los tiempos, analizado desde la física, la química o la biología, y observado sin descanso por personas que se sientan a ver la lluvia cada vez que llega, tiene un vínculo esencial con todos los seres vivos que existen en Lanzarote, pero también en el resto del planeta.
Aquí el agua ha sido apreciada como en pocos lugares, y su ausencia, terrible en largos periodos de sequía, puso en marcha el ingenio humano para dar lugar a algunas infraestructuras hídricas que valdría la pena proteger como un patrimonio insular y cultural irrepetible: alcogidas, maretas, nateros, gavias, aljibes…
A lo largo de casi un mes entero, pero de manera especial entre el 20 y el 30 de noviembre, la Muestra de Cine de Lanzarote se desarrollará con un objetivo claro: volver a dedicar atención a la mejor cultura global para que la gente de esta isla sigamos tomando conciencia de la singularidad del lugar que habitamos. De sus particularidades y de sus similitudes con otros territorios, y también de aquellos aspectos que la hacen única e irrepetible.
En el transcurso de las próximas semanas Lanzarote se llenará del mejor cine de todo el mundo. Quienes viven aquí tendrán la oportunidad de conocer a muchas de las directoras y los directores que filmaron esas películas, y podrán asistir a las más de setenta actividades para todas las edades y en todos los municipios que se han diseñado: pateadas, talleres, cursos, conferencias, encuentros… Un año más, una edición más, con la ilusión puesta en el presente, en el ahora, para seguir construyendo la posibilidad de un futuro, siempre mejor.