Hace ya ocho años se tomó una decisión importante: entender que el arte cinematográfico —con su diversidad histórica, geográfica y estética— podía ayudarnos a conocer mucho mejor nuestro contexto. El propósito era claro: adentrarnos en los temas esenciales de nuestra singularidad, sabiendo que nada de lo que somos es nunca único ni exclusivo. Queríamos aprender sobre el lugar en el que vivimos a través de la mirada que cineastas de todo el mundo han dirigido hacia sus propios entornos, países y realidades.
No solo hay volcanes en Lanzarote, ni solo aquí la sal formó parte de su economía. Este tampoco es el único territorio en el que el viento o la pesca moldearon la vida de la gente y del paisaje. Ni siquiera somos el único lugar marcado por crisis profundas y dolorosas. Todos esos temas fueron abordados en ediciones anteriores.
Lo que el cine de los cinco continentes que se proyecta en esta sección nos recuerda siempre es que somos únicos porque nos parecemos a otros lugares o, lo que es lo mismo, que somos singulares porque podemos encontrar similitudes y diferencias con territorios que se encuentran a centenares o miles de kilómetros de distancia.
En esta ocasión, el tema elegido para analizar con cuidado y profundidad no es otro que el agua. Y la historia del cine está llena de su presencia: brumas, lluvias, nubes, nieblas, ríos, cataratas, cascadas, nieves, hielos, charcos, lagos, presas, fuentes, arroyos… Pero, del mismo modo, la historia del cine también ha estado llena de la ausencia de agua: sequías, desiertos, pozos secos, guerras, racionamientos.
Al igual que en la historia de la humanidad, en la historia del cine el agua y su carencia son una constante. Y si algo caracteriza a Lanzarote, a su gente y a su cultura, no es otra cosa que el agua. Viendo muchas de estas películas de otros tiempos y lugares podemos llegar a conocer un poco mejor lo que somos, y también lo que podemos llegar a ser.